PRIMER PREMIO
PEDRO CAMPOS MORALES
MÁLAGA - ESPAÑA
cal viva sale de mi ducha
delgadas agujas brotan en mi cama
se arrugan los espejos ante mi imagen
arden las sillas bajo mi peso
permutan sus puestos las hojas de estos libros
el peine lava sus dientes
los platos tiemblan mi comida entre las uñas
caen las persianas se adhieren los cajones
bailan las mesas aplastando mis pies
me guiñan los retratos un alarido el teléfono descolgado
las paredes manantiales de parvos monstruos
los suelos fuentes de gases viscosos
gusanos los cigarros muerden mi garganta
cojines de granito se estrellan entre sí
entre las cortinas risas de vecinos
por los discos pasean sonrientes granos de azúcar
junto al crucifijo desentumece Jesús sus brazos
tras las puertas del armario ruidos de selva
en el cubo de basura lloran niños
corre la nevera continuamente al inodoro
salgo de mi casa y lo anuncio con un portazo
dos hombres alternan su amor por una vaca
arrebata el viento una tienda vetusta
moralizan los niños con caramelos de cicuta
llueven vehículos sobre bocas abiertas
lucha libre de mujeres en estiércol de colores
aplastan globeros los globos resbalan sobre monedas los mendigos
se sientan en los bancos y sonríen los dementes
defecan las putas sobre clientes imberbes
derrapan peatones por encima del límite
tras los escaparates madres medrosas devuelven sus hijos a sus vientres
carreteras empaquetan edificios
los camioneros aparcan en las camas de los barrios más pobres
retales tintados sobrevuelan escupiendo metralla
el que no se entretiene en descubrir bajo baldosas billetes de lotería
incrusta los dedos en sus sienes y así camina orgulloso
en las cabinas bocas devoran orejas que piden cambio a voces
traviesas líneas blancas saltan bajo mis pasos
pletóricas alcantarillas se vuelcan sobre mi melena
zarzas las paredes de las calles estrechas
torres las aceras árboles tosen muñecos de plastilina en féretros carbónicos
me muevo a grandes saltos como quien baila sobre brasas
reparten castañas en la oficina de empleo
soldados de plomo en las paredes enmohecidas de las galerías de arte
dedos obscenos tras las rejas de clausura
astronautas iraquíes colgados de las almenas de los castillos
giróvagos tetrapléjicos oran a las puertas de los prostíbulos
poetas desesperados roen celosías en los confesionarios
musarañas en los pechos de espectadores en los teatros
en los techos mullidos matojos en los servicios
cieno en parques carne en avenidas sangre en las buenas familias
andamios y taladros en la arena de las playas
y cabalgadas y casinos y corderos en sus aguas
oh, Terpsícore, llévame a las alturas
transpórteme tu danza a las montañas
donde dormitan culebras zarandeadas por
por el soplo furioso de erizados camaleones que
que reflejan la luz de los sapos en sus nidos sobre
sobre rostros crispados de hormigas que ventosean sus
sus paupérrimos pétalos que desfilan rellenos de
de arietes adosados a secos caracoles planos junto
junto a incendios beodos devorados por pálida simiente de grillos con
con salpicaduras de aceitunas ociosas que caen a
a embudos simulados como aves espinosas atraídas hacia
hacia cardos masticados por cerdos con corbata
que arañan mis huesos mientras besan mi cordura
Terpsícore tengo sueño cese tu baile
SEGUNDO PREMIO
GRACIELA ROSA LITVAK
GIJÓN, ASTURIAS - ESPAÑA
Corrieron sobre el agua tantos puentes,
y los muertos, todavía, en mi garganta.
«Terminá de tragarlos de una vez.
No invoques, no los llames,
no los dejes salir y hacerse nombres.
Vivís, ¿qué más querés? Hablar no es necesario.
Sobre todo, no mires hacia atrás.
Nunca mires atrás.
Y de una buena vez,
terminá de tragarlos.»
No acaté y me volví.
Tal como está mandado, me convertí en estatua.
«Callarán los recuerdos algún día.
Se ahogarán, algún día, en tus pantanos.
Sólo hay que darles tiempo. Un tiempo y una jaula.»
Desde entonces, un ojo mío, reflector, patrulla.
(El otro apunta al frente,
obediencia de vida tardía y torpe.)
Ojo de estatua de sal hecha con lágrimas.
Ojo de estatua de cal hecha con huesos
que llenaron de mar un río dulce,
que tiñeron de blanco un río gris y sucio.
Y no puedo escribir. No sé nombrar. No puedo.
No sé hablar de mi país poblado
de lugares vacíos en la mesa,
de lugares comunes en mi verso.
No sé hablar de un pasado que se queda
y no pasa.
No sé de qué manera hablar sin golpes bajos
sobre aquel otro que derrengó ese marzo.
No sé hablar del estigma,
de la sangre que brota eternamente herida, sin vírgenes que acudan
ni multitud que clame.
No sé cómo decir
y desespero por librar a mis muertos de la celda de mi entraña.
Okupas de mi historia y del misterio,
sus condenas perpetuas
latiendo entre mi carne.
No quise que el olvido los oyera
al venir a buscarlos,
y les tapé la boca con la almohada.
(No puede hablar. No puede.
Sus manos no supieron rasguñar esas piedras.
Ni tampoco su viento dice nada a la lluvia.
Ojos de sal, no de papel, tiene aún hoy la muchacha)
Otros hablaron tanto que ya se ha dicho todo.
La estatua sigue muda.
Y sin embargo, cree
que existe una hoja en blanco
con nombres de sus presos escritos en el margen.
Y la garganta espera, un día, desatarlos.
Sólo debe gritar lo que no pudo.
Sólo hay que darle tiempo. Un tiempo y la palabra.
FINALISTAS
MARÍA ELENA RAMOS YERBILLA
CIUDAD LA HABANA - CUBA
Faraón
Volaste,
partícula de luz y otros arcanos,
tu aliento cercó la estrella
y guardó la camisa hasta el regreso.
Hoy, haces del hueco de tu mano una pirámide,
compruebas que mi seno cabe , exacto,
en el lugar donde escondes el destino
y mi lluvia se mezcla con la tuya
al sur de mi cama,
en cadena perfecta, molécula infinita.
Crónica paralela a tu sábado
Es Habana, sábado en la tarde.
La gente trafica con su culpa del zapato a los labios,
la misma Habana que sufre del polvo
y no se mueve, no quiere hacer milagros,
para que asomes en cualquiera de sus calles
con la poesía, la guitarra y el amigo,
y no sé dónde echar mis huesos todavía,
quizás en un reloj o al desamparo.
Es Habana y puedo darte si precisas
un abrazo sin sexo, sin escamas,
ese de astros y de nubes
de haber llegado y dar al blanco.
Receta para una cena
El ojo del pez respira del salitre,
y su nariz descubre el horizonte.
Se precisa:
Despojar la dureza de su escama,
aderezo de nueces y aceitunas,
saborear sus costados con la lengua
y comer sobre el pez al propio pez.
Sentado sobre mi corazón
Suelo patear estrellas,
deshojarles la piel.
Una rabia cósmica se instala.
Relojes inexactos te llevan del Tarot
a los augurios de mi seno.
Destino
Si tu oreja gritó el nombre de su cuello
y tu pie resbaló en el musgo que la cubre,
no te quejes entonces de la piedra,
solo intentaba acompañar tus espejismos.
Príncipe
Hay un sitio al que no llegas,
un estupor de alma de pez y acantilado,
un desove colosal.
Y te fugas de la luz,
animal de amor, brújula y menta.
Te adoras,
mientras mi ojo gris, observa desde el techo.
Efímero
Se ha roto la lluvia.
La noticia gime en los diarios,
no empapará nuestras sombras
ni sonará en mi cabeza de hojalata.
Dime muchacho saudí:
¿Qué humedad puedo ofrecerte ahora?
¿Acaso antes de mí habías visto llover?
LUIS MANUEL PÉREZ BOITEL
VILLA CLARA - CUBA
I
aislado de la ciudad,
rumbo a las atalayas los gamos trasmitían azuleadas luces en el trigal. en el relente, clarea el sendero ante los evanescentes rostros de Mme Blanca, la linotipista y yo.
gustaría de ir por la pradera
con la encomienda de aquellos gamos que se han quedado algo distante, en la fuente. ellos reconocen los días de cuaresma y el ronroneo del que mira asustado las imágenes del otoño levitante ya sobre el trigal. por el camino de las terrazas los cuerpos cálidos volvían a sucederse. Mme Blanca regresaba a la ciudad ante el inminente paso de la noche.
II
difícil ha sido la muralla.
Mme Berenice añora el temascal y el ciruelo del patio. nada puedo hacer ante el vacío (de la página supuesta?). la inocencia asusta. toca a la casa por el sendero de los limos, esas estampas irrepetibles . al durmiente no le gustó el afligido rostro del danzante. miraba los crisantemos y en los ojos de Mme Berenice escurridizas auroras pernoctaban . la muralla parecía interminable.
— del otro lado no hay nada que buscar, dijo el joven vigía antes de dar unos pasos hacia atrás y cerrar, definitivamente, la puerta.
III
al flechero no le gustó el sueño
la otra noche. la magnolia nos impuso adentrarnos a los basares. el auriga nos llevó con sus canciones de otredad a Mme Berenice, durante cuatro horas de camino, por la fronda. la esposa del creyente miraba al pájaro muerto en la jaula del mercader, y se persignaba. Ofelia fue aquella tarde para todos, algún salmo de Dios, la nevisca. tenía algo de piedad los ojos del ave cuando se puso en tierra, bajo un laurel del patio, al paso de la caravana. Mme Celeste vestía también como su esposo, el flechero había existido en el lejano otoño, hurtándole en el estanque cada silencio. al final, las grandes trenzas de la mujer cubrieron el agua, ahora llena de eternidad, de una extraña eternidad.
IV
el aguafiestas
vendrá por el baldío sitio. la paz reina ante el casamentero aire del que ocupa el turno. el tercero en identificarse ofrecerá un poema después de cruzar por los almendros y la noche.
el mismo día que murió mi padre,
los escanciadores fueron a la fronda, en el promisorio terral, bajo el tórrido cielo. en el difícil agosto escuché los silencios que nombra la casa. raro ha sido dejar la palabra en los altos muros de un tiempo como este, refirió la vecina ante el aparente festín.
afuera discrepo de los que pasan
sin advertir los cantos que provienen de los olivos, de las montañas que se mezclan zigzagueantes imaginando un país. Mme Blanca tenía un raro fingimiento.
después de la llovizna
todos nos quedamos frente a la foto final de estos años.
ANACLARA DALLA VALLE
SANTA FE - ARGENTINA
Hace mucho que su lluvia no recorre mi huracán
Un áspero viento
arrojó nuestros soles,
llenos
de vacíos caprichosos.
Y desde esa lágrima, no supe más.
Ni
de él,
ni
de su árbol.
Saturó cada perfume con una boca leve,
con fríos ojos débiles,
con dedos infames
y palabra eventual,
perversa,
verde.
Puedo recuperar la evasión,
nuestros símbolos
y nuestra mirada,
ebria de madrugadas injustas.
Pero la pena lapidó el respiro.
Nunca es domingo.
Y
ahora, sólo escribo.
Con
mis espejos,
entre
ciegos,
sin
rimas,
repleta
de simples silencios.
Lo
espero.
Quizás
lloro mientras
evoco
sus océanos,
sus
océanos difusos,
muertos,
inquietantes.
Y después,
besa con todo el cuerpo.
Con
cada ángulo de su sombra,
con las reverendas escamas de su pelo,
con
el cielo encendido de sus labios,
con la mirada llena de esquinas jugosas,
con
la infalible tristeza de su lengua,
con el fuego paternal de sus uñas.
Te beso con todo el cuerpo,
con todos
mis aplausos
y todos mis versos.
4º "YO ODISEO CONFIESO MI SINO con las manos
manchadas por los siglos de los siglos"
ISBEL GONZÁLEZ GONZÁLEZ
SANCTI SPIRITUS - CUBA
Nadie espera por nosotros. Penélope nunca me conoció, no teje apenas. Los barcos se han deshecho. Yo, Odiseo, me entrego a Circe, a la visitación de los demonios. Somos las criaturas de un mundo apenas discernible. Qué de jaurías contra los ciervos del placer. Henos aquí, hijos de Dios, huérfanos y hambrientos, con una mano en el pecho (no en su invocación, sino abrazados a sus arterias) y otra en la médula, censando los instintos.
¡Silencio! Repiten los cánticos de Sodoma.
¿Oicnelis? Me responde la conciencia, mi sospechosa conciencia que se empeña en desandar los argumentos. Y qué si partieron los Aquiles, ya cansados de morir de nimiedades, si son apenas criaturas del olvido, muertos que viven en otros muertos.
Somos la misma especie de hace siglos. La que murió sin fuego bajo las garras del tigre. La de Hiroshima. La que algún día llegará a las estrellas, si sobrevive a los tigres que la asechan todavía. Aún necesitamos amuletos e invocamos a los dioses y al olvido.
Esta Odisea muere en el simple acto de pensarse, en una esencia diferente. www.odisea... y estamos otra vez frente al ordenador, frente al cielo de Babilonia o la cámara de Auschwitz y me convenzo una vez más que somos las criaturas de siempre, nosotros, los homo sapiens sapiens.
Quizá fui yo quien lanzó la primera piedra. Permítanme recogerla ahora que nadie me ve, hoy que la soberbia está dormida. Carguemos de una vez con nuestras piedras, aquellas que lanzamos también contra la conciencia. Antes que un muro nos aleje de Ítaca para siempre.
CASA DE SOMBRAS
A mi hermano Ariel
Quien llama a la puerta nunca estuvo fuera. La noche es demasiado indiferente para cobijar sus criaturas. Pero el sonido repica, y me pregunto quién puede urgir esta tristeza. En la oscuridad de la casa una sombra me conmina al recuerdo. Mi imagen se desvela, pide un poco de agua, sólo un poco para aliviar la sed del universo que es mi casa en penumbras. Desde el portal una luz me aborda indecisa y confiesa los objetos de este cuarto, cotidianos y precarios: un reloj que simula el tiempo, 12 am. Su tic tac inverosímil (como si el tiempo fuese un baile y no esta carrera absurda hacia la muerte). Desde un cuadro dos niños me indagan con una extraña sonrisa en blanco y negro. Así fuimos cuando las sonrisas, aún en tonos grises, eran inocentes. Un pantalón cansado, una computadora (que aun no resucita) y flores, muchas flores ¿acaso estoy muerto?, ¿estuve muerto desde siempre, desde el primer ladrillo de esta casa, desde la torre de Babel? O acaso esas flores plásticas sólo corroboran mi existencia. Mi cama espera el próximo estremecimiento. Mi cuerpo no es sólo esa imagen que me lanza el espejo, apenas una sombra perdida en el eco del reloj (12:33 según sus conjeturas). Una sombra más en los arcanos de la noche, una sombra contra los muros de esta casa.
EUGENIO BARRAGÁN FUENTES
BARCELONA - ESPAÑA
Hay cientos de caminos que conducen al trabajo diario
pero no existen atajos que conduzcan a ninguna parte.
Cada día, de camino al trabajo,
me cruzo con tus piernas en el mismo semáforo.
Me cautivan, cubiertas por tejanos o vestidas para matar.
Enfundadas con mallas negras refulgen con el sol del mediodía,
y las parcelas tibias de tu piel se amoldan a mi mirada.
Mi cabeza se cimbrea al ritmo de tu cuerpo
hasta que desapareces por el final de la calle.
Después al pisar la otra acera,
sólo pienso en placarlas, quizás mañana…
Cuando hago tiempo entre suizos, cafés y pastas
vuelve a huir mi mirada atada al tiempo del reloj.
El humo del cigarrillo juega entre aromas y la ceniza inunda mi ropa.
El rito del café corre presuroso entre camareros de uniforme blanco con botones.
Robo tiempo, traicionando a mi horario y mancho otra vez la servilleta de papel.
El reloj simétricamente traza las catorce horas y me señala acusador...
La pluma se abre paso entre los escombros
de la colilla que apago y ahora me tocará, a mí...
Abrirme paso entre la gente que no sé si también llegará tarde,
intentando no perder la servilleta y la pluma.
La tarde transcurre cansina y tras los cristales se asoma
la rama de un platanero desnudo por el invierno.
Hay algunos rasguños en el cristal
y las marcas de agua de lluvia permanecen inalterables.
El ordenador permanece encendido con el salvapantallas activo,
el teclado muerto suplica a mis dedos y el rotulador salpica las hojas.
El teléfono persiste con sus quejidos chirriantes
de que atienda sus lamentos.
Entra y sale gente, gente que sale y entra.
¡Me saludan! Y corren por los pasillos.
Oscurece lentamente como si el atardecer cerrará una tupida persiana
sobre el cielo contaminado y los últimos rayos de luz
se difuminarán sobre el cristal de la ventana.
Ya no se aprecian los rasguños y se refleja luz de fluorescente
contra luz verde de neón de la güisquería de enfrente,...
Apago el ordenador y pongo la funda de plástico al cadáver,...
Cierro detrás de mí la puerta y dejo en un rincón las pesadas cadenas.
En mi camino me cruzo con gafas de miope,
corbatas grandes y pequeñas, y maletas negras.
Espero al autobús en la parada
aguardan la misma comidilla de cada noche.
La pareja de siempre se besa con pasión
bajos los efectos de la luna llena...
Los coches pasan, los semáforos se declaran la guerra.
Como luciérnagas de ciudad los noctámbulos despiertan hipnotizados de luces:
de los almacenes que cierran,
de las tiendas ópticas que me guiñan el ojo,
de los garitos nocturnos que se desperezan,
de locales de comida rápida, de plástico vacíos y asépticos.
La cola aumenta, el autobús no pasa
el amante se convierte en vampiro y succiona el cuello de la víctima.
Los coches siguen pasando, los semáforos firmaron el armisticio
y los noctámbulos moviéndose como hormigas
infectan un local de diseño...
El autobús llega al fin y absorbe como un embudo
la cola desparramada.
El autobús se detiene y arranca
al ritmo de arterias de ciudad milenaria;
se forman los primeros coágulos y atrona la sinfonía de bocinas de coche,
como fondo musical, al anuncio del interior de mi vehículo.
Otra vez arranca hasta mi parada,
desencajo el asiento de mi torcida espalda
y las puertas me escupen hasta la acera.
Mañana será otro día.
AMPARO MATEU VILLAROYA
QUART DE LES VALL - VALENCIA - ESPAÑA
1
¿ADICTO, DICES?
¿Adicto, dices? ¿Al amor? ¿Al odio?
¿Al titubeo seguro, a la certeza en duda?
¿Al que canta mi letra, la que parece muda?
¿De qué tienes miedo? ¿De subir al podio?
¿Legítimo, dices? ¿Por dónde anda suelto?
Tanto traje gris para un seis rajado,
ni sombreros sin visa ni gato en el tejado.
¿Dónde está ese abril? ¿Ya te lo han devuelto?
¿Pájaro, dices? ¿O es melancolía?
¿Cuándo volverás a escribir de día?
¿Rompe tu guitarra tus cuerdas vocales?
Yo soy lo que soy, espíritu y prado,
ese pez que busca el consuelo a nado,
ese crisantemo de espinas dorsales.
2
ME PIDO EL SOL
Si dejo viuda esta sombra apurada
me pido el sol para nacer mañana,
debajo del calor de tu sombrero de copa,
dispuesto siempre a pedir de boca.
Ahí donde regresan las poesías,
detrás de la soledad de tus camisas,
junto al amanecer de olvidos malcriados,
dispuestos a jugarse un adiós a los dados.
Aquí en nuestro ajedrez de amores baratos,
derroco un alfiler y cuento veinte
y me adueño de un quizá con escalones.
Dejo en el desdén de los azules gatos
un tejado cantor de la luna corriente,
durmiendo en el zaguán con tus canciones.
3
ME PIDO UN MINUTO
Enaltezco tu miedo al miedo,
tu no llorar si no vale la pena,
tu reír cuando te burla el hiedo,
tu desarraigo en soledad ajena.
Enaltezco tu ahora de hojalata,
tu quizá, tu después, tu invierno,
tu sin embargo, tu maleta barata,
tu alma recogida, tu duerno.
Me pido un minuto de tu hora,
un verso en tu poema, tu sombrero,
una uña en tus manos de argento.
Me pido un tren en tu demora,
una palabra en tu voz, un uno en tu cero,
me pido tu carcajada y tu lamento.
4
ME SOBRAN LOS MOTIVOS
Si viniera la guerra pediría a tu mesa
que te dejara encima unos peces de hielo,
un cenicero de muerte sin dehesa,
un lápiz arrugado y unos pies en el suelo.
Tú a mí me dejarías una silla vacía,
una canción hermosa, el billete del estro
para ir a buscar Calle Melancolía
y escuchar en el aire la palabra maestro.
Pero tú me dejaste pasar, ajusticiado,
yo te pedí escribir mi nombre en tu bocado
como quien pide un abril de nicotina.
Porque encuentro temblor en tu poesía,
por mil versos que escribir ya no podría,
me sobran los motivos, Joaquín Sabina.
7º "EL PIANO"
OSVALDO RUBENS SADO PAITA
CARAPACHAY - ARGENTINA
Viejo piano
―sin sonido y sin piel―
células de nota que el olvido mueve
en el hedor dulzón de la tarde
y en la noche arrugada por la aurora.
Teclas endurecidas en un nocturno sin fin.
Una semifusa vibra en la caja de madera
y en los pedales de nuestra esclavitud.
El silencio te ha cubierto con estopa de viento,
letanía de pájaros ciegos.
Sólo quedan mentiras en el cordaje de cobre
herrumbrado por las gotas de la lluvia
y el hastío sin rostro de la demencia
que nos denuncia.
Has muerto como la casa; como los jarrones chinos,
como yo, que ya no duermo
en el insomnio de tus cuerdas rotas,
porque no podemos liberar la palabra
ni el tempo de la música.
Ventanas de la vida
1
Del pasado rescaté tu sonrisa insolente de geometría falsa.
Los labios te crecieron alargando la línea del sueño imposible
como curva fractal desvencijada.
Duele la vida.
2
El insomnio persistió como cicatriz de sodio.
La luz no pudo delatarnos;
no tenía vocales ni fonemas.
3
No ve pero besa el aire de las lilas y las hortensias;
padece la muerte de su estirpe.
El silencio la acompaña.
4
Me mordieron los números dejando la ignominia al descubierto.
Yo tasqué la vergüenza y perdí la mirada.
Gris, salobre, la boca reseca
acepta el jaque mate de la geometría descriptiva.
No más torres, ni Reina, ni rey.
Sólo el tablero repleto de mentiras.
5
Perdí la mía.
Busco otra palabra
que empiece mi lenguaje.
Lejos.
6
Regla de tres enfurecida
remuerde la conciencia de un teorema.
La juntas de la vida mal soldadas
permiten escapar números descabellados,
juramentos para el sol;
no hay luz en las enanas blancas.
7
El viento empuja su figura lírica
con nombre de pájaro,
la flor nacida de sus pechos,
y el hecho trágico de haber nacido.
ALBERTO GUAURA
CARACAS - VENEZUELA
No busco las horas,
algún reloj que revele la rotación de mi cuerpo
planetario, mirándose entre auroras
navegar curuja un tiempo de vigilia,
oyendo en cada poro transacciones de salterio
los regateos del insomnio
reposando su alerta
donde escondo las razones de la sombra.
Balandro fantasmal asedia en pleamar
buscando quebrarme
puerto en un meridiano de estertores.
Ya no hago caso de tercianas bulevares.
De las voces susurrantes entre los fuegos de Escila
y de Caribdis,
esas nereidas que se fingen
regresos ululando sus vinos
un reflejo de postergaciones sobre el cristal de la vidriera.
Quédome y escucho
maniquí desarropado,
embotellado en el hule y el neón
sobre las playas de vinil su intemperie digital, el ladrido de mi voz
un frémito de Azof,
acaso un eco
silente que atormenta su galope desde Mármara
en Crimea
como albura fervescente de corceles
hollando sus ollares de recelo en los horambres del coral,
un férvido muriente resplandor que se nos oye
se nos huye
de tanto mar este desencuentro
mirándonos mirarnos
eternamente vesperales,
rapsodas olas,
en un síndrome de nada y de conjuro
la zíngara bebdez del nos que se hace
marinero,
en voz y en silencio,
tanto indefensos
que huyéndosenos oye
irredimibles al vahído
una utopía de huesos bajo la piel,
isla fabularia e imposible
a refluirnos la incesante salumbre de mareas,
cada noche,
cada amanecer.
Apenas sólo una canción de fablas extranjeras que repetimos
en el cuerpo del alma,
sin saber lo que nos canta su plegaria,
su bisbiseante salmodia desoyéndosenos
deshuyéndosenos
la víspera de cualquier día sumidos
imprecantes
sobre una roca de ilusiones flotando una estepa azul que tampoco navegamos,
jamás.
Uno de los dos enciende un cigarrillo
y el otro presagia en la volutas del humo dorado las cenizas
en excesiva capnomancia
para decirnos de cualquier manera,
que no respiramos en Ankara
que sólo recorremos el Mercado de las Flores
y que siempre habrá de entunicarnos
este olor de róbalo fresco que se sale de la radio
velando sin desmayos el albur de las estrellas.
9º "MANIQUÍES"
MARÍA DEL ROSARIO FERNÁNDEZ
SANTA FE - ARGENTINA
En torno de León Ferrari
I
El cuerpo duele
dice un pez
plano
y acaricia
vísceras inermes.
II
Miré, por fin,
tu vaciedad
Ya no eras
más que un liquen
mecido por el viento.
Futura comida
para peces espantados.
III
El pan.
La miga del pan
derrapa
por ombligos sinuosos
esperando,
tal vez,
atrapar la luz.
IV
Cernido
sobre la santa
el pezón espera.
Tiene sed
aunque la niega.
La Santa reza.
El halo se disipa.
La Santa reza.
V
Eras paloma.
No.
Eras, acaso,
la niña.
No.
Eras piraña
paciendo
por lo austero
hacia un jardín
¿desmesurado?
VI
La oruga
se mueve.
Simula
la pestaña.
Aún no ha comprendido
el delicioso engaño.
Nunca será
mariposa.
VII
A dónde va,
silente demonio.
No hay rutas
en el cuerpo.
Sólo brillantina
de ocasión
para alegrar sus ojos.
VIII
Cree que podrá
salvarse de la muerte.
Cree
su designio
de costilla.
IX
En vano
las arañas tejen
catedrales
Desconocen
el cilindro.
X
Cuántas veces
oirá la chicharra.
Cuántas más
hurgarán
en su nariz
Cuántas otras fosas
será necesario
dedicarles.
SILVIA URTUBEY
DINA HUAPI - RÍO NEGRO - ARGENTINA
"Es absurdo imaginar que hombres que no llegaron a la palabra lleguen a la escritura".
El inmortal - J. L. Borges
Un ser de palabras, el soldado inasible,
vela tu mano como a un organismo pretencioso.
Se asemeja a la mancha en que tus labios se convierten
y busca en la ingenuidad de sus noches lo inaudito.
Le hace falta gramática en los huesos
a la oquedad que deja sin palabras
cuando late el mar desde la caracola.
Le hace falta una sirvienta,
una estampa de santas etimologías,
cuerpo y alma en la moneda del escribiente ajeno.
Si hasta la propia sombra es extraña
y el músculo profesa una fe decorativa,
ver caer a la palabra es estallar bajo su prisa.
Le hace falta hormigueo en la textura,
empuñadura de silencios al olvido.
En la bodega de letras increíbles
se destroza el pensamiento,
derrama jugos morados el silencio
y tiembla la negrura ante el rasguño de los signos.
Intemperie es lo que hay ahora
bajo los pies y sobre la cabeza,
tras las espaldas y frente a los ojos.
Intemperie de palabras, el corazón hundido,
lentitud, homenaje y escritura de palotes.
Tendrías que ir conmigo a mi infancia,
oler a tierra mojada y a polvo de ladrillo.
No explicarte la pena de la escuela
ni el espanto del credo en los zapatos infantiles.
Los piadosos ruegan
una pizca arbitraria de silencio en la niña.
Un ser de palabras, el soldado inasible,
vela ahora su propia mano
como a un organismo pretensioso.
Desde el túnel gris, bajo la escalera del patio,
vuelve siempre la niña con el silencio en los labios,
con el perfume de las palabras
y con la punta de la lengua vacía de abretesésamos.
Federico empuja masitas de avena
desde la terraza y le advierte:
"Di tu palabra y rómpete".