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CUENTOS DE ADRIANA SERLIK |
Lloro
sentada en la cama. Me miro en el espejo y no me reconozco.
Esta habitación cuadrada, plagada de papel de flores iguales marea y me
ahogan. Apenas hay espacio para estar de pie, cuando abro las puertas del
armario debo subirme a la cama.
Es difícil reconocer su muerte después de tanto tiempo.
Intento creer que la muerte de Heraldo es sólo una fantasía. Quisiera
que fuese así, pero ha movilizado mis recuerdos de la infancia.
Imagino a mi padre caminando hacia el hospital. Va despacio y sonríe,
entra en busca de su nombramiento. Imagina que lo recibirá de manos del
director o del administrador, después de entregarlo,
estrechará su mano.
Es feliz porque hace tiempo que lo espera.
En casa, mi madre toma mate
y viste a Oliver, mi hermano de cuatro años. Hace días salió con papá a
comprar zapatos y ahora está
orgulloso de la salida y sus zapatos. Livinia hace los deberes. Callada, mira lo
que pasa a su alrededor, hasta que mi madre nos dice que debemos ir a comprar
unas entradas para el cine. Esa noche festejarán el nombramiento con " El
salario del miedo".
Saldremos al corredor fresco, bajaremos los escalones, cruzaré jugando,
como tantas veces, la calle 12 de Octubre con los ojos cerrados y tropezaré con
alguna baldosa floja de la calle Ameghino .
Volvemos con las entradas.
¿Qué pasa? Nos han llevado a casa de mi tío
y nos dicen que mi padre ha muerto.
Fue en el corredor del policlínico, antes de tomar posesión.
Han pasado dos días y mami no ha venido todavía a recogernos. Oliver
parece perdido sin ella, lo abrazamos cuando llora y nos asomamos constantemente
a la valla de la calle que siempre está
por asfaltar, para ver si llega.
Nos han traído a casa de la
abuela. Toda la familia está reunida. En el reloj de péndulo, el mediodía.
Los pequeños estamos sentados frente a una mesa baja. Los espejos están
tapados. Hablamos suavemente entre nosotros.
Raúl deambula mirándonos y le ordenamos que se siente. Nos mira haciéndonos
caso y toma la sopa, ensuciándose
la ropa.
No nos sorprende, resulta natural que Raúl no tome bien la sopa y que
nos oiga hablar, que coma los helechos del patio o las hojas de la parra. Pero
no hay uvas en ese momento, sólo la familia reunida alrededor de la mesa, mi
madre vestida de negro y nosotros los pequeños tomando sopa mientras Raúl se
ensucia y nos mira con cariño.
Estoy sentada, apenas me tapa la sábana. ¿Qué hay de aquella en mí,
aquella de esos días de mayo?.
¿Por qué he unido a los dos?. ¿Algún día aceptaré sus muertes?.
Me he despertado más tranquila, ya me siento mejor, tenía un nudo en la
garganta. Sé que todavía no he podido sacar todo lo que tengo dentro pero lo
fundamental es ir comenzando.
Caminaba tranquilo y feliz, tan feliz que cayó muerto.
Heraldo caminaba nervioso, afiebrado, sentía que cumplía con lo que
tantas veces había preconizado, oyó un disparo, sintió dolor, murió.
Aceptar la muerte de los demás. Es
que nos pasamos juzgando y sintiéndonos heridos por la muerte de nuestra gente.
Apenados por nuestro dolor no vemos que una persona no ha podido cumplir todos
los sueños que se proponía.
¿Qué ha sentido?. ¿Cuándo se cortó su vida?.
Iba a buscar su nombramiento, cada situación la vivía intensamente.
Recuerdo esas noches, sentado en la cama mientras Mami trataba de
calmarlo cuando el vecino cantaba marchas fascistas, burlándose y haciendo
comentarios. Sufría porque no podía responderle
y ese cansancio iba minando lentamente su corazón.
Ese hombre joven, bajito y calvo iba perdiendo
la posibilidad de reflejar lo que sentía. Por eso también la felicidad
se transformó en algo pesado.
Trabajar en lo que le gustaba fue un golpe demasiado grande. A mí también
me significa algo demasiado grande, por eso tengo
miedo a ese momento.
Mami siguió, como pudo, luchando. Tuvo que hacerlo por nosotros.
A Jaime con cariño
Croqueta golpeó los cristales, el ruido me despertó sobresaltada, eran las
ocho de la mañana y me había
propuesto levantarme tarde.
Supe enseguida que era él; nunca tocaba el timbre, le resultaba más cómodo golpear con los nudillos los cristales de la cocina.
Gritamos que esperara y murmuró algo que no entendimos y con el frío que hacía preferimos no perder el tiempo tratando de traducir su frase.
Mi marido abrió la puerta y yo fui a preparar el café.
Cuando entré a la sala, estaba Croqueta sentado en mi sillón enarbolando una fotografía.
Qué sorpresa tuve, sus cabellos, siempre tan duros y tiesos, estaban peinados hacia atrás con algo parecido a la gomina, su cuerpo despedía un perfume que intuí sería Palos de Oriente por su dulzura y exageración. Sorprendentemente sus zapatones estaban limpios y arreglados como su vestimenta.
Había recibido la contestación a la petición, habíamos escrito a Edilberta Contreras, residente española en Guinea.
Era su fotografía, una mujer bella de unos treinta y más años, nariz pequeña, ojos profundos y rientes, una boca ancha con pequeños dientes y una cabellera muy rizada recogida con un ancho lazo.
Había recibido la carta de Croqueta, era soltera, muy trabajadora y no le asustaba realizar cualquier tipo de tarea para llevar adelante una casa o un campo, cosía su ropa y la de toda su familia, sabía, además, tejer y bordar, y de eso podía dar fe Don Fraterno, cura párroco de la aldea.
Agregaba que tenía un carácter algo fuerte, pues desde pequeña había trabajado para ayudar a su familia. Por eso se retrasó en sus estudios que quería terminar, seguía siendo ese su sueño.
Había leído detenidamente la carta y estaba dispuesta si las intenciones y los datos que Croqueta había enviado, eran ciertos - la fotografía que había recibido parecía dar fe de ello - a casarse con él por poder, y viajarr a Madrid cuanto recibiera los papeles deseaba intentar que fuesen una pareja muy feliz, siempre, por supuesto, que él no se opusiera a que continuara sus estudios.
Croqueta movía la fotografía de Edilberta, asustado con aquella contestación que parecía transformar desde ese momento su vida.
Se había atusado sus pelos y vestido como si el trámite de su boda fuese en los próximos cinco minutos y en realidad sólo quería que leyéramos la carta, pues le resultaba un poco difícil todo lo relativo a las letras y preguntarnos sobre cómo era el casamiento por poder.
Era sábado y poco se podía hacer, sólo pedir a la jueza de paz un certificado de nacimiento para que lo tuviese preparado en la semana siguiente.
Sugerimos que probablemente la asistente social de la zona podría ayudarlo en las cuestiones legales.
Eran muchas las cosas que tenía que hacer antes de la llegada de la muchacha.
La casa estaba despintada y faltaban tejas. En el interior, se notaba el abandono de este hombre que, tras la muerte de su madre hacía siete años, había dejado que los muebles se deshicieran, las cortinas estaban mugrientas y la vajilla casi no existía.
Los gruesos cristales de sus gafas se empañaban ante la belleza de su futura mujer y nos pidió ayuda para reparar la casa porque tenía la fuerza y el tesón necesario para todas las tareas, pero ni idea en la confección o compra de cortinas y edredones, vajillas o adornos. Quería que todo fuese de la mejor calidad y belleza en el hogar que prepararía para la ya su Edilberta en Álamo del Río.
Su vida tomó un nuevo impulso, comentaba a sus vacas las tareas que desarrollaba en casa y apenas se le veía en la taberna pues no le sobraba tiempo entre la pintura, el trabajo de fontanería, los diversos viajes a Madrid para la compra de utensilios, sábanas, ropa interior y los trámites para la boda.
El pueblo entero, unas sesenta personas entre niños, adultos y viejos, esperaban expectantes la llegada de la novia y discutían sobre fechas y bienvenidas, comparando el acontecimiento con algunos episodios de ciertos culebrones que habían visto en televisión.
Una noche, sentado Croqueta en mi sillón preferido, me pidió que volviéramos a leer la carta, especialmente donde hablaba del estudio.
Me dijo pensativo - ¿Le ayudarás con las letras como a mí, por favor?
Me comprometí no sólo a ayudarla con las letras, sino que en todo lo que necesitara, ya que conocía las dificultades de vivir en un lugar desconocido y esperaba que encontrara en mí una amiga.
- ¡Es que esto de las letras es tan difícil! - me dijo.
La casa estaba preparada. Comenzaba a bañarse semanalmente y era tanta su ansiedad que decidió preparar la leña para los siguientes cinco años, decía que ese trabajo le tranquilizaba y le ayudaba a dormir por las noches.
Durante esos meses nos dictó dos o tres cartas y recibió cuatro o cinco donde le hablaba de Boffa, de sus padres y hermanos, del trabajo en el campo de café y los animales.
Don Fraterno envió una bella epístola donde alababa a la muchacha por su inteligencia, seriedad y dulzura, y decía lo mucho que la añoraría pues le ayudaba con los niños de la parroquia.
Había pasado el invierno y Croqueta contaba el tiempo que faltaba para la llegada.
Sus visitas al Gloria Club de Tejadilla se hicieron menos frecuentes pues no quería ensuciar con sus actos ese noviazgo postal que tanto había deseado.
Decidió aprender a conducir y se le solía ver sentado en la puerta de su casa leyendo lentamente el manual.
Compró cincuenta gallinas, un buen semental y decidió matar finalmente al jabalí, que había cuidado desde que era jabato, porque le dijeron que olía muy mal.
Una mañana llegó corriendo con un telegrama a casa, aterrizaba dentro de una semana a Barajas.
Se vistió con las mejores galas y fuimos a recogerla.
Demás está decir que todos estábamos nerviosos.
Salimos del pueblo para llegar con dos horas de anticipación al aeropuerto porque quería comprar un gran ramo de flores y una caja de bombones, según sugerencia de su madrina, Doña Gertrudis, después de ver un capítulo de "Inocente amor".
Nuestro Croqueta era un puro tembleque y durante el viaje no paraba de hablar mientras golpeaba con el puño el respaldo del asiento delantero. Decidimos detenernos en un bar de Avenida América y hacerle tomar una tila para tranquilizarlo.
En Barajas esperamos cuatro horas la llegada de la desposada.
Por fin estaban frente a frente. Nos costó algo empujar a Croqueta hacia la mujer que se acercaba sonriente y cargada de paquetes y bolsos. Mi marido cogió las maletas mientras me hacía cargo de los bolsos pues el ramo de flores era tan grande que a duras penas podía abrazarlo con sus brazos.
Volvimos al pueblo. En el coche, la pareja mirándose, comenzó a conocerse.
Hablaban
de sus familias, de Boffa, de lo amable que era Don Fraterno y fue en ese
momento que el Croqueta sufrió el
colapso, cuando ella le contó que quería estudiar física nuclear.
Homenaje a Antonio Di Benedetto
Quedaron
en que vendría a recogerla a la oficina.
Lo
hacía cada cinco o seis meses. Cenaban en algún mesón barato mientras
comentaban cómo les iba la vida.
Era
ella la que más hablaba de las aventuras que pasaba para sobrevivir hasta fin
de mes; él se reía quedamente, aunque no lo decía, le pasaba lo mismo.
¿Y
la poesía? decía. No puedes abandonarla, sigue escribiendo todos los días un
poquito.
Esa
era la palabra mágica que les había unido. Fue en un congreso en Madrid hacía
dos años.
Ella
había estado en Paraguay, desaparecida durante
una semana. Vivía ahora en territorio amigo, rodeada de gente que le ayudaba
pero hacía cinco meses que no podía dormir.
Cuando
llegó a Madrid lavó
platos en un restaurante, trabajó
luego de cocinera y para todo en "La gallina gaucha" hasta
que su
salud le obligó a retirarse de la tarta Pelé, el dulce de leche Lavapiés
y las empanadillas criollas. Fue en ese momento que
participó en el Congreso Mundial de Poetas.
Encontró
al profesor Roberto Juarroz y a otros, que
habían pasado más vicisitudes que ella o que todavía
las estaban viviendo, también saludó a señoras gordas americanas,
vestidas con gasas de colores, recitando
sobre temas etéreos que le
interesaran, pero ante la muerte y
la destrucción, quedaban rezagados para otro momento, y a él.
El
congreso finalizó con una fiesta en un cigarral de Toledo en ese julio tan
caluroso.
Por
la noche pasearon por los jardines admirando los arriates con amaryllis, cosmos,
rosales y petunias y las pequeñas fuentes con estatuillas agrisadas por el
tiempo.
El
cielo tan estrellado invitaba al
recogimiento y se sentaron en
una banca de piedra.
El
murmullo de los otros invitados y la música sólo se oía a lo lejos.
Aquí,
en ese pequeño espacio, el rumor de las fuentes, el río, los insectos y los pájaros
les iba envolviendo en una sensación
de tanta paz que parecía que todo lo que habían vivido se esfumaba
en el olvido.
Ella
no se arriesgaba a hablar. ¡Estaba tan bien!
Antes
de morir, si estoy lejos, te enviaré un mensaje. Quiero que vengas aquí, te
sientes en esta banca y me recuerdes , dijo él.
Se
sentía confusa, con sus palabras había roto la magia. ¿Porqué pensaba en la
muerte si estaban allí tan bien?.
¿Me
lo prometes?, le pidió.
Como
un kadish, murmuró.
El
congreso terminó y ella encontró trabajo. Tuvo sus altibajos pero después de
un tiempo y con un buen tratamiento comenzó a dormir por las noches.
Ahora
trabajaba en una oficina y esa noche se encontraron.
Mientras
tomaban café, le entregó un pequeño
paquete. Era un libro de cuentos con una dedicatoria.
Lo
guardó rápidamente temerosa de no poder explicarle lo emocionada que se sentía.
Lola
llamó una mañana para avisar que le hacían un homenaje en el Colegio Mayor
Argentino porque se volvía.
Sentada,
entre los asistentes al acto, escuchó lo que nunca le había contado. Cómo
vivió su encarcelamiento, que no le permitían escribir, le habían roto las
gafas y él encontró la forma para ir esbozando un libro.
Una
amiga recibía sus cartas que iban
formando los párrafos de los capítulos. Las guardaba segura que muy pronto sería
liberado y podría entregárselas para que diera
forma a su obra.
Quería
retomar su vida entre su
gente.
Sábato
le había escrito "... Antes que nada querría sugerirle que vuelva a la
tierra, tanto para bien espiritual de usted como para bien de todos los que
estamos ya en la gran tarea de reconstruir la nación...piense en volver; tendrá
alegrías muy grandes que no encontrará jamás allá..."
Y
volvió. Este callado y melancólico argentino se enfrentó nuevamente a las
dificultades que ya no esperaba.
Por
eso el Caballero de la Orden del Mérito de Italia no pudo avisarle.
Cuando
la muchacha recibió los recortes de los periódicos enviados desde Buenos
Aires, leyó cómo intentaban describir su vida dedicada al periodismo y la
literatura y escribían en letra
muy pequeña sus últimos días plenos de pobreza y angustia.
Comprendió
que las promesas que le habían hecho se habían diluido.
Un
día tomó el tren a Toledo.
Fue caminando lentamente hasta el cigarral, hostería llena de japoneses ahora. Buscó la banca de piedra , se sentó, sacó el Kadish y lo leyó, ya no pudo contener las lágrimas.
Atesoradas
durante tantos años, salían por los amigos, por los niños que no volvieron a
encontrar sus padres, por las madres y las abuelas desconsoladas.
Y por ti, Antonio Di Benedetto.