CUENTOS DE ADRIANA SERLIK

EL Colorao   -    silencio de redonda

EL COLORAO

"Estaba tumbado boca abajo, sobre

una capa de agujas de pino de color castaño,

con la barbilla apoyada en los brazos cruzados,

mientras el viento, en lo alto, zumbaba entre las copas..."

Ernest Hemingway

"Por quién doblan las campanas"

 

Venía caminando desde el Hotel Florida por la Gran Vía. Hacía frío, cerró el abrigo y recolocó su boina. El viento venía del norte y los transeúntes se acercaban a los muros para cobijarse, las aceras estaban mojadas, había llovido toda la noche.

Antoine había salido, el coche lo había recogido hacía una hora y habían quedado en encontrarse más tarde.

Divisó la Cibeles y apresuró el paso. El camión estaba en la puerta del Palacio de Correos. El conductor lo ayudó a subir. Buscó un espacio entre las sacas de comida y las cajas y fue en ese momento en que vio a la niña.

Encogidita abrazaba un atado, sentada de espaldas a la pequeña ventanilla de la cabina del camión. Al final de sus largas y delgadas piernas sobresalían unos zapatos, dos números mayores que sus pies, envueltos en unos calcetines gruesos tejidos en varios tonos de lana.

- Debemos esperar un poco,  gritó el conductor.

Subió una mujer cargada de varias bolsas y se sentó cerca de la niña. Su melena alborotada caía sobre un abrigo gris militar. Observó al hombre con interés, él la miró extrañado; recordaba su cara. Intentaba unir ese rostro a su recuerdo...

Al extender las piernas vio que iba vestida con chaqueta y pantalón militar.

La mujer, con suma delicadeza, habló suavemente a la niña quien asintió con la cabeza. Abrió una de las bolsas y ofreció a la pequeña una naranja. Sacó otra y sin hablar la ofreció al hombre que movió negativamente la cabeza.

Oyeron ruidos en la cabina y el camión se puso en marcha. Las cajas y pacas que se apiñaban a su alrededor les protegían algo del frío.

El hombre sacó un cigarrillo y tocó su bolsillo donde reposaba su petaca de plata, siempre llena en un viaje como ése.

La niña, con gran cuidado, terminó su naranja y sacando un inmenso pañuelo del atadito se limpió las manos, el zumo de la naranja había perfumado el camión.

Observaba a sus compañeros de viaje alternativamente, su atención estaba más tiempo fija en las grandes bolsas de la mujer.

Ésta abrió con cuidado la cartera que llevaba en bandolera, sacó una cámara fotográfica. Apuntó hacia la calle, el cielo y los árboles, sólo miró, no sacó fotografías. Envolvió lentamente la cámara en un gran paño y volvió a guardarla.

El hombre extendió su mano hacia la mujer.

- ¿Nos conocemos, no?

- Hace años nos presentó Weston, en Madrid nos hemos visto en una reunión con Pepe  Quintanilla.

- Sigues con la cámara... no recuerdo tu nombre.

- Tina, aquí María.

El camión fue subiendo por la carretera y entró en el pueblo de Fuencarral. Se detuvo y cargaron más sacas.

La niña se había dormido; María sacó un enorme poncho y la cubrió. Había disminuido la fuerza del viento y un sol tibio alegraba la mañana.

El hombre se levantó y extendió sus fuertes piernas, buscó un cigarrillo y ofreció uno a la mujer que lo aceptó rápidamente.

Se veía un gran movimiento alrededor del camión, la soldadesca cargaba las sacas amontonándolas con cuidado, cayó un poco de harina que cubrió suavemente el rostro de la niña dormida.

- Parece algo enferma y está demasiado delgada,  dijo María.

- Los niños son los que más sufren esta maldita guerra,  contestó el hombre.

- Y esto no terminará aquí. ¿Has leído las noticias de Alemania?

El hombre extrajo la petaca y ofreció a María que bebió un pequeño trago.

- Es fuerte. Esto sí que calienta.

El camión volvió al camino.

- Ese poncho... ¿mejicano?

- Poco pude llevarme pero el poncho siempre ha estado conmigo. He leído algunas crónicas tuyas aunque sé que en España lo que más te gusta son los toros.

- Los toros y ahora tengo que escribir sobre la guerra... Los toros y el vino, eso es lo que más me gusta. Qué lejanas parecen aquellas fiestas corriendo delante de los toros, o en la plaza gritando.

-  Algo vi en México pero no me gusta esa fiesta sangrienta. Si hay que morir que sea por algo que valga la pena, la justicia, la libertad, la igualdad, soy sólo una fotógrafa de la realidad.

- Estamos hablando de morir, viajando en un camión lleno de sacas para soldados, viniendo de una ciudad que está siendo bombardeada y yendo hacia el frente... mientras comemos una naranja y cubrimos con un poncho a una niña dormida con la cara blanca de harina.

Ambos quedaron en silencio; contemplando el paisaje, se fueron adormilando. María se acercó a la niña y cubriéndola con el poncho colocó su cabeza sobre el regazo. El hombre se tapó la cara con la boina y se durmió.

Viajaron dos horas hasta que les despertó un fuerte salto del camión. Habían entrado al valle.

La niña abrió los ojos y tímidamente volvió a sentarse cerca de la ventanilla, envolviéndose en el poncho. María se alisó el cabello, estiró sus brazos y tocó suavemente la frente de la niña mientras le preguntaba.

- ¿Quieres otra naranja?

La niña asintió y extendió la mano a la naranja y un trozo de pan negro.

- ¿Una para ti?, dirigiéndose al hombre que hizo una seña para que la guardara en la bolsa de la niña.

El camino estaba lleno de agujeros y barro, se veían a lo lejos algunos hombres pastoreando algo de ganado y pequeñas huertecitas con algunas verduras.

Se oyó desde la cabina la voz del conductor diciendo que el río grande iba poco crecido.

Cruzaron varios puentes de madera y pequeños pueblos donde la gente se asomaba a las puertas saludando.

- Falta poco,  dijo el conductor.

- Es el último puente. Y hay una fuente de buena agua. Bajemos a refrescarnos.

María y la niña se alejaron detrás de un matorral.

- No te preocupes, nadie te mira, dijo María.

El hombre y el camionero orinaron contra una piedra charlando sobre lo que faltaba del camino.

María, con un pequeño pañuelo, limpió la cara de la niña. Acercaron la boca al grifo y bebieron largamente.

- Yo me llamo María y... ¿tú?

- Paz.

- Vamos, que nos falta poco, gritó el camionero.

El camión siguió saltando por agujeros, piedras y barro.

Por fin giró, entrando a un pueblo de calles polvorientas. Pronto estuvo rodeado de niños y soldados que los saludaban.

Un pequeño de unos seis años, con unos grandes pantalones, heredados probablemente de sus hermanos, se quedó observándolos.

- Alameda,  gritó el conductor.

- Debo ir a la comandancia y luego descargar en el Batallón del Disciplinario, ¿se hacen cargo de la niña? sigue hasta Rascafría.

- ¿María, tú también sigues?, preguntó el hombre.

- Sigo, pero en este rato podemos comer algo.

- ¿Dónde podemos comprar comida?, preguntaron al pequeño.

Los niños comenzaron a corear, ¡le han hablado al Colorao, le ha tocado al Colorao...!

- La Felipa... allí hay comida.

- ¿Y un vinito?

- En El Colorao.

María cogió a Paz de la mano y fueron subiendo por la calle principal, pasaron por la puerta de la Botica y María murmuró:

- Esperad un momento.

Salió con un pequeño cartucho que guardó en la bolsa de la niña.

Siguieron caminando, cuando pasaron por la puerta de la Comandancia vieron al camionero entregando la saca de correos a un soldado.

Se enfrentaron, luego de una pequeña plaza, con una casa alta de dos plantas y una pocilga en un costado, la casa de la Felipa. Olía a grasa, jabón y arenques.

Compraron una hogaza de pan negro y algo de matanza.

El pequeño Colorao los acompañó a la plaza del pueblo, frente al ayuntamiento, la taberna de su padre, El Colorao Mayor.

Se sentaron sobre unos tablones, cortaron la hogaza y la matanza mientras caía del pellejo un vino oscuro y perfumado en los pequeños vasos de vidrio.

La mujer del Colorao sacó de las brasas una patata que entregó a la niña mirándola con afecto.

- Es la sobrina de Teresa Aguirre, comentó.

- Aquí te pondrás bien.

EL hombre sacó un cuaderno, y comenzó a escribir mirando de vez en cuando la leña baja:

"Estaba tumbado boca abajo, sobre una capa de agujas de pino de color castaño..."

María buscó la cámara, la limpió con cuidado y llamando al pequeño Colorao y a Paz a la calle, los sentó sobre el borde de la fuente y tomando distancia sacó la primera fotografía.

El hombre sintió una mano fría que le rozaba el cuello, sorprendido se giró y se encontró con la sonrisa de Antoine.

- Colorao, otro vinito para el aviador, gritó.

- Otro para mí, dijo María, mientras abrazaba a Antoine y le daba dos sonoros besos en las mejillas.

- Ya estamos todos los locos del mundo, gritó Antoine.

El pellejo llenó muchas veces los vasos y sus gritos y risotadas sonaron en la pequeña taberna.

- Ahora a brindar, brindemos por la justicia social, la libertad y la igualdad..., dijo María.

- Y una foto para recordar este brindis con los pequeños principitos, gritó Antoine.

 

Salieron, María eligió el lugar y explicó a la mujer del Colorao cómo tenía que apretar el botón de la cámara, luego posó entre Ernesto y Antoine, el pequeño Colorao y Paz contra el muro de la Taberna.


Tina Modotti (María) muere en México  el 5 de enero de 1942, se cree que fue asesinada.

Antoine Saint Exupery desaparece con su avión el 31 de julio de 1944 en una misión de reconocimiento en Francia.

Ernest Hemingway se suicida el 2 de julio de 1961 en Idaho, Estados Unidos.


SILENCIO DE REDONDA

..."Yo me encontraba en un laberinto de escaleras. Este laberinto no estaba cubierto en todas partes.

Subí; otras escaleras me condujeron a las profundidades. En un descansillo de una escalera me di cuenta de que había llegado a una cima montañosa. Se abrían allí una amplias vistas de toda la zona. Vi a otros

que estaban en otras cimas montañosas. A uno de estos otros le entró de repente un mareo y cayó por el precipicio. Este mareo se fue extendiendo; otros hombres iban cayendo de otras cumbres a las profundidades. Cuando yo también me vi atacado por este mareo, desperté."

Anotaciones 1933-1939

Walter Benjamin

 

 

Tenía dieciséis años. Se agolpan en mi cabeza los recuerdos de esos terribles meses.

El viaje a París con mamá y la tía Vita, la llegada a casa de tía Stein y el strudel que había preparado para nosotros y que devoré sin lavarme las manos.

La búsqueda de un apartamento con Daniel, el primo Stein, una habitación-cocina con un baño dos plantas arriba para todo el vecindario. La mudanza con las colchonetas y la música...

La música se oía por la pequeña ventana: un violín y un piano tocados en el edificio contiguo, que aprovechaba para hacer mis ejercicios apoyando mis manos sobre la pequeña mesa. Esa música que tres días después se transformó en un largo silencio, un silencio de redonda, decía mi madre, cuando se llevaron a los intérpretes al Cuartel y no volvieron.

Y las lágrimas de mamá cuando decidí cortar mi largo pelo porque al lavarlo con agua tan helada tardaba mucho en secarse, no paraba de toser y me cansaba.

Una mañana la tía Vita volvió corriendo.

Debemos irnos, no podemos seguir aquí.

Recogimos sólo las bolsas. Uriel Valls nos esperaba en la estación del tren dispuesto a llevarnos a otro lugar más seguro y con él llegamos a Port-Vendres.

Nos dejó en compañía de tía Lisa que nos alojó en una casa vecina con tía Eva.

Y desde allí la travesía cruzando la montaña hacia España. A mitad de camino nos encontramos con el viejo profesor, que había pasado parte del día solo, oculto bajo unas hojas, no hablaba demasiado pero era muy educado y servicial .

Parecía enfermo o agotado apoyándose en el hijo de la Sra. Gurland para caminar, deteniéndose cada diez o quince minutos a respirar. Yo tenía mucho frío y se helaban las lágrimas en la cara, sacó de su viejo portafolios un gran pañuelo y las secó:

- Perdone, estimada Señorita, permita que le seque las lágrimas, tengo una colección de juguetes y muñecas lloronas, bueno....tenía, ahora estarán seguramente en Londres, pero ninguna tenía lágrimas parecidas a las suyas, quizá la del tutú azul.

Luego lentamente dijo: Se trata de hacer de una lágrima un pañuelo, de una poesía un pañuelo.

Guardó su pañuelo en mi bolsillo y seguimos andando, esta vez apoyándose un poquito en mí.

Al llegar al Hotel, por la tarde, tomamos juntos un té muy caliente y siguió contándome sobre sus juguetes; parecía no querer dar importancia al hecho de que nos querían devolver a Francia.

Susurró si podía acercarme a su habitación más tarde porque quería pedirme algo.

Cuando finalizó su explicación, me abrazó y rogó que no lo olvidara.

Un nudo me quebró la garganta y me saltaron las lágrimas. Me tomó las manos con el mismo gesto que pidió a tía Lisa permiso para tomar un trocito de tomate en el camino y dijo: Escriba a mi amigo, sé que le ayudará.

Mi madre, que paseaba por el vestíbulo, me pidió que fuera a dormir. Había sido enorme el esfuerzo, doce horas caminando con pequeñas paradas para descansar.

Me senté al borde de la cama, la habitación era pequeña pero limpia.

Me quité los zapatos, los calcetines y miré mis pies, mi mayor fortuna, doce años moldeándolos con las clases de ballet, habían sido delgados y elásticos y ahora aparecían hinchados, rojos y llenos de lastimaduras en las plantas, en los talones...

No quise mirar más, me envolví en la manta y sin desvestirme intenté dormir.

Me despertaron las voces: la Sra. Lippman , su hermana la Sra. Birmann y la Sra. Gurland gritaban.

El profesor había muerto. El médico escribió en el certificado como causa: ataque de apoplejía, no quería problemas. Vino la policía, luego el alcalde y un juez y acompañé a la Sra. Gurland a buscar un sacerdote.

Me pidió que nos arrodilláramos con él a rezar; yo no sabía hacerlo porque no entendía lo que había que decir o hacer y además no podía dejar de llorar recordando lo que me había pedido.

Saqué su pañuelo y repetí rezando su frase "...hacer de una lágrima un pañuelo...".

Apenas comimos, no sabíamos que nos pasaría.

Al día siguiente vinieron los gendarmes a buscarnos. Ordené lo mejor que pude mi pequeña bolsa, coloqué encima mi ropa interior y los otros zapatos.

Mamá y la Sra Lippmann de tanto repitir a los gendarmes que no nos volveríamos a la frontera nos llevaron al campo de Figueras ; sabíamos que la Sra. Gurland estaba arreglando todos los papeles comerciando lo que podíamos pagar por los visados y finalmente nos los dieron.

Viajamos por fin a Barcelona y luego de recorrer toda España en tren pudimos tomar el barco para América.

Ya en Buenos Aires nos esperaba tía Elisa para llevarnos a su casa.

Llegamos a Avellaneda y pudimos, por fin, descansar.

La familia nos recibió con mucho cariño Las chicas nos regalaron algunos vestidos y sombreros, ropa interior y después de un tiempo entendíamos el español.

Nos buscaron una pequeña casa y pagaron el alquiler.

Quisieron que estuviera cercana de la suya, en la calle 9 de julio, para que nos sintiéramos seguras.

Mamá comenzó a dar clases en el Kindergarden de la calle San Martín, mientras intentaba cada día hablar mejor.

Mis primas me llevaban a fiestas y reuniones; pocos me preguntaban lo que me había pasado. Eran cariñosos y solidarios pero parecían no querer hacernos recordar los malos momentos.

Pronto pudimos prepararnos para recibir a los Stein, que llegaron en un barco desde Marsella y darles hospedaje en casa.

Daniel había crecido. Ya no era el jovencito granoso y desgarbado que había cargado las colchonetas y ahora era yo su intérprete y guía por la ciudad.

Recibíamos pocas cartas. La Sra. Lippmann nos escribía desde Nueva York, había visto a la Sra. Gurmann, le había contado que había dejado pagada la tumba del profesor por cinco años pero al pasar por Port Bou la Sra. Arendt la había buscado y no había ninguna con su nombre.

Daniel y su padre trabajaban en la sastrería del Señor Richter y una tarde mientras paseaba con Dany por Crucecita me dio un beso, el primer beso de tu padre.

Lo que sigue de la historia lo conoces . Te envío esta carta porque creo que debes hacerte cargo del paquete que te adjunto por correo separado.

Imagino que andarás con miles de preocupaciones entre la mudanza, el cambio de clima y los papeles que tendrás que arreglar. Todos me dicen que en Madrid estarás más segura que aquí.

El asunto es que los doctores han dicho que debo hacer reposo absoluto porque mi diabetes se ha agravado y tengo una pierna con una herida que no se cierra.

Sabes que soy muy aprensiva y aunque dicen que de ésta no me muero, quiero dejar todas mis cosas bien ordenadas.

Pero vuelvo al paquete; cuando entré a la habitación del profesor estaba envolviendo en un papel de periódico, cogido del hotel, unas hojas escritas mientras decía:

...fines justos pueden ser alcanzados con medios legítimos, medios legítimos pueden ser empleados para fines justos, ¿por qué utilizan tanta violencia?

Esas palabras las repetía sin cesar mientras terminaba de atar con una cuerda el paquete.

Estimada Señorita, estoy muy cansado y me temo que no podré continuar este viaje pero quisiera rogarle que cuide de este paquete hasta que lo envíe a un amigo mío. Vive en Israel, en este papelito, que no debe perder, tiene sus datos y espero que cuando termine esta violencia dominante que nos gobierna pueda hacerse cargo de mi manuscrito. Aunque pase mucho tiempo le ruego que no lo pierda ni destruya, guárdelo, de alguna manera será recompensada. Puede leerlo, pero le suplico que no cuente a nadie que lo tiene y cuando pase todo esto póngase en contacto con mi amigo.

Con su pañuelo, sobre el que lloré su muerte, envolví el paquete y lo guardé en el fondo de mi bolsa y así viajó hasta Avellaneda pero perdí el papelito, no sé cuándo ni cómo pero no lo encontré y yo con el paquete del profesor sin poder entregarlo...

No conté a nadie de su existencia, había hecho una promesa.

Ahora no sé qué me pasará y tienes que hacerte cargo de él. Tú has estudiado y quizá sepas cómo hacerlo llegar a quien corresponda, trátalo con mucho cariño y hasta que no estés segura no hables de él a nadie.

Un beso de tu madre que te quiere mucho.


 lalectoraimpaciente@yahoo.es